En principio aquel guión se centraba mucho en una historia de amor marcada por la crisis de 2001; básicamente porque el proceso de escritura era también responderme la pregunta que todos nos hacíamos en aquel momento: ¿Me quedo o me voy a vivir afuera? Buscando la respuesta, la historia se fue escribiendo. Y yo me fui quedando.
Luego, ya trabajando el guión con Roberto Montini (que además de amigo, es un guionista excelente) fuimos articulando la historia de Micaela y Juan, que es la otra historia de amor que cuenta la película. Y me fui dando cuenta de que lo que en realidad quería contar no era tanto una historia de amor en un contexto de crisis, sino más bien la “crisis” que conlleva enamorarse. El tiempo “de tránsito” entre que uno conoce a alguien y tiene que “hacerse cargo” de eso que siente. Y que es, por lo general, traumático, ya que entra en conflicto con decisiones o posiciones que ya habíamos tomado anteriormente. Y en todo esto, además, darnos el permiso de reflexionar sobre las relaciones y construcciones amorosas, con sus falencias y contradicciones.
La escritura del guión desde que definimos su estructura nos llevó poco más de un año, ya que la decisión era que la película “jugara” además con los tiempos (“lo que está pasando, es lo que está por venir”) para así darle a las historias una simultaneidad que incrementara y justificara la tensión dramática.
Después del tiempo en que la película pudo organizarse financieramente (gracias al gran trabajo de producción que hicieron Miguel Ángel Rocca y Daniel Pensa), el proceso fue fluido y hermoso. Los cuatro protagónicos de la película (Sabrina Garciarena, Verónica Palaccini, Damián Canduci y Lucas Crespi) ya eran amigos míos, y pensaba en ellos como protagonistas desde la escritura. Así que fue contarles del proyecto y ponernos a ensayar. Y el equipo con el que trabajé también era gente muy amiga en la que confiaba ciegamente, y con la que además quería trabajar. Creo mucho en eso de que cuando hay amor y respeto en el set, eso “imprime” en la película. Y sin dudas, la respuesta del público y el afecto con el que me hablan de la película después de verla, lo comprueba.
En definitiva, Amor en tránsito fue un proceso largo y duro, pero hermoso. Un proceso en el que tuve la suerte de poder trabajar con amigos queridos y talentosos. Y una película que, sin dudas, nos reafirmó nuestras ganas de hacer cine como un proceso colectivo por sobre todas las cosas.
Una persona que admiro profundamente me dijo una vez que “el cine es narración y reflejo de nosotros mismos”. Y creo que a todos los que trabajamos en esta película, Amor en tránsito nos refleja.
Y con enorme alegría.