Renacimiento luego de la dictadura
Cine en democracia: 1984-1996
En un marco de celebración por la caída del régimen militar más sangriento que haya conocido el país, el cine argentino conoció un renacer en un marco de recuperación de los derechos humanos.
La normalización institucional de la república, a fines de 1983, implicó la abolición de la censura, la cual fue reemplazada por un sistema de clasificación y una apertura en el sistema de fomento estatal, a través del Instituto Nacional de Cine que, con
Manuel Antín a su cabeza, un representante de la Generación del 60, permitió la continuidad filmográfica de realizadores marginados dentro del orden represivo y también de una inusitada cantidad de obras de primeros realizadores, que se convirtieron en el perfil característico de la nueva gestión. El grupo de películas producido según las nuevas reglas fue acordado entonces en llamarse Cine Argentino en Libertad y Democracia.
Los primeros años de democracia fueron así el escenario donde volvieron directores como
José Martínez Suárez, con
Noches sin lunas ni soles (1984), o
Hugo Santiago, con
Las veredas de Saturno (1984); también de películas como
Camila (
María Luisa Bemberg, 1984) y
Los chicos de la guerra (
Bebe Kamin, 1984) donde el cine nacional hacía un balance de los años de la represión que se extendería a gran parte de la producción del período, con títulos que van desde el abordaje renovador sobre el formato teatral en
El exilio de Gardel/Tangos (
Pino Solanas, 1985) hasta la aplicación literal del modelo clásico de narración en
La noche de los lápices (
Héctor Olivera, 1985). El exponente más celebrado de esta tendencia revisionista es, sin embargo,
La historia oficial (
Luis Puenzo, 1986), una historia intimista alrededor de la apropiación de niños durante la dictadura, que había pasado relativamente desapercibida en su estreno original pero que, al hacerse con el premio Oscar a la mejor película extranjera, se convirtió en estandarte de los nuevos tiempos, además de elevar a su protagonista,
Norma Aleandro, al estrellato internacional. Entre las películas de nuevos autores,
Diapasón (
Jorge Polaco 1985) y
Sinfín, la muerte no es ninguna solución (
Christian Pauls, 1986), dieron cabida a la experimentación formal y narrativa, mientras que
La película del rey (
Carlos Sorín, 1985) y
Hombre mirando al sudeste (
Eliseo Subiela, 1985), estilizaron la pantalla con convenciones visuales del cine publicitario. Si estas películas fueron las niñas mimadas del circuito internacional de festivales, fueron las comedias, sin embargo, las que se llevaron el premio de las boleterías.
Esperando la carroza (
Alejandro Doria, 1985) y la serie de producciones aptas para todo público del dúo formado por
Alberto Olmedo y
Jorge Porcel, colmaron las salas más allá de los precedentes históricos.
Las tormentas económicas que desembocaron en la hiperinflación de 1989 frenaron el debut de nuevos operaprimistas durante los primeros años de 1990, cuando las opciones frente a los proyectos presentados ante el Instituto Nacional de Cinematografía prefirieron los valores industriales por encima de las apuestas más arriesgadas.
Tango feroz, la leyenda de Tanguito (
Marcelo Piñeyro, 1993) fue quizás la película emblemática de esta política, ya que proponía una nueva síntesis entre los formatos norteamericanos y una mitología porteña, cuyo éxito popular, en un momento en que éste comenzaba a extrañarse para la producción local, afirmó a su realizador como uno de los referentes del medio. Con recursos muy escasos y una voluntad de quiebre frente a la narrativa establecida,
Rapado (
Martín Rejtman, 1990) y
Picado fino (
Esteban Sapir, 1993), fueron dos películas casi secretas pero que pronto se convirtieron en los referentes de culto de la generación que estaba por venir y que se rebelaría tanto contra los moldes agotados del cine revisionista como contra la estrechez de una ley de cine que ya no se condecía con la realidad de la producción nacional. Luego de una amplia movilización de los gremios, fue promulgada una nueva ley que, en 1995, cambió la denominación del Instituto Nacional de Cine (INC) a la de
Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) y amplió las bases del fomento estatal. Este mismo año fue el del estreno de la colección de nuevos cortometrajes
Historias Breves (Pablo Ramos,
Daniel Burman, Jorge Gaggero, Matías Oks,
Bruno Stagnaro,
Andrés Tambornino, Ulises Rosell,
Sandra Gugliotta,
Lucrecia Martel y
Adrián Caetano, 1995), consecuencia de un concurso lanzado desde el Instituto de Cine, donde una proporción significativa de los autores que poblarían la siguiente etapa recibió su bautismo de celuloide.
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